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laspalabraslodicentodo
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05/12/2007 GMT 1

LO FACTICO Y LO SIMBOLICO EN EL ANALISIS HISTORICO

laspalabraslodicentodo @ 02:27

Lo fáctico y lo simbólico en el análisis histórico

1.- Los argumentos de la historia

"Diversidad de historias, singularidad de los historiadores; pluralidad de procesos, subjetividad de maneras de escribir y de hacer" ; así subraya Antoine Prost la distancia frente al modelo de una historia ciencia que se afana por construir la verdad absoluta. La afirmación de Prost no significa en modo alguno que el historiador no tenga la libertad de sostener su propia explicación. Su preocupación es dilucidar las exigencias metodológicas que corresponden al régimen de veracidad propia de la historia, es decir, al que se desplaza entre literatura y ciencia. La complejidad de rutas por las que transita la historia, hace casi prohibitivo fijar esquemas de evolución lineal.

¿Qué significa entonces el arte de escribir para el historiador? ¿Cómo hace hablar a los documentos de un género especial, que son en sí mismos obras de arte?, se pregunta George Duby. En este contexto, el interés por la reflexión epistemológica cobra hoy en la disciplina histórica un valor creciente, especialmente en relación con la necesidad de desmitificar las certidumbres consagradas. Es imposible, pues, creer que los hechos se imponen por sí mismos, que las verdades de la historia son eternas, ya que la historia siempre es escrita por historiadores inmersos en un tiempo y un medio que influyen en las explicaciones del objeto conocido que él nos proporciona.

La jerarquía científica de la historia se relaciona con su función social, toda vez que ella se vincula estrechamente con el fundamento de la identidad nacional, del espíritu crítico y de la ciudadanía; y si bien la primera se puede construir -según Prost- alrededor de una leyenda, las otras dos necesitan de un "régimen de verdad", no exento de opinión, que es ineludible.

El debate actual se inscribe, por lo tanto, en el reencuentro de dos tradiciones epistemológicas, ninguna de las cuales, por sí mismas, parecen satisfacer hoy a los historiadores. La historiografía francesa da muestras acabadas de ese debate. El modelo de las ciencias experimentales de Claude Bernard y la voluntad de erigir la historia en ciencia domina en esta historiografía desde fines del siglo XIX y se plasma en 1876 en la Revue historique. Por otra parte, la ruptura de Annales y su rechazo a la historia acontecimiental, no implica una nueva propuesta metodológica. Febvre, Bloch, Lefebvre, Labrousse, y más tarde, Braudel, emprenden una crítica de la problemática y de los objetos de la historia, pero no de los métodos empleados por sus predecesores. La tradición epistemológica anglosajona será la encargada de subrayar mucho después la implicancia del sujeto-historiador en la historia que escribe. La época de los primeros Annales, los libros de R. G. Collingwood en Gran Bretaña. la destreza de Carl Becker demostrada en la Conferencia Anual de la American Historical Association en 1931 critican la pretensión de la historia en favor de la objetividad, pero no avanzan más allá.

Recién hacia los años 1970 la historiografía francesa entra en un período de dudas y la "verdad absoluta" es puesta en cuestión por las críticas múltiples, Michel Foucault aborda -bajo la influencia del espíritu del 68 francés- una postura desmitificadora y denuncia una suerte de "golpe de Estado" por parte de la historia y de los historiadores, para imponer a los lectores una determinada visión del mundo.

La "linguistic turn" americana, refuerza poco después estas críticas aplicando a los escritos históricos los métodos de una crítica literaria renovada ella misma por el psicoanálisis. La lingüística y la semiótica a través de los trabajos de Hayden White refutan toda pretensión del discurso histórico a hacer conocer la realidad. Los historiadores resultan a la luz de esta evaluación, sólo generadores de un discurso sobre el pasado.

La respuesta de los historiadores -Roger Chartier, Krzysztof Pomian, Philippe Boutry, entre otros- no se hace esperar. Ellos sostienen que el texto histórico no sólo está sujeto a reglas lingüísticas y literarias; por el contrario se caracteriza por su reporte de la realidad que pretende hacer conocer, y por eso es histórico. Como expone Paul Veyne en esos años 1970, "la explicación narrativa y la construcción literaria del relato son compatibles con la realidad de los hechos y la verdad de las explicaciones". Esta es la posición que hoy comparte la mayoría de los historiadores, que descreen de las grandes interpretaciones y juzgan imposibles las síntesis ilusorias que ponen en peligro una historia comprensiva. Hoy se acepta la pluralidad de interrogantes, la diversidad metodológica y la variedad de fuentes, es decir, se acepta un mosaico de verdades que no son necesariamente complementarias y acumulativas.

El método concebido como un conjunto de procedimientos intelectuales cualesquiera sean; puede entenderse como un instrumento que respeta esos procederes y plantea preguntas a las mismas fuentes para obtener como resultado conclusiones verdaderas aunque no únicas e indiscutibles. En tal sentido relato y cuantificación de la información son recursos complementarios para la epistemología histórica. El primero resume la dimensión diacrónica, singular, acontecimiental; en tanto la dimensión sincrónica, generalizadora, estructural se expresa por cuadros y gráficos. Un estudio que analice el poder de la sociedad debe tener en cuenta -al decir del lingüista Trum Van Dijk- un recurso de control social como el discurso público, porque "la lucha por el poder es también la lucha por la palabra". En una historia económica y social ambos niveles de análisis son necesarios, aunque sus estructuras argumentativas difieran y su uso no sea exclusivo de los historiadores. La historia teje con el relato y el cuadro una trama, una cadena; pasando de una estructura argumentativa a otra, recurriendo a todos los métodos posibles, tanto a la ejemplificación como a la validación estadística. En este sentido la temática que a continuación se aborda en este estudio pretende dar un ejemplo interesante, donde se confrontan ambos procedimientos para construir -desde el juicio crítico- la explicación histórica referida a los mitos y realidades, a lo simbólico y lo fáctico de algunos perfiles del nacionalismo económico peronista puesto en práctica en la Argentina entre 1946 y 1955.

2.- La economía peronista: lo fáctico y lo simbólico

La reforma de la economía nacional es un verdadero desafío para "el coronel de los trabajadores", que después del triunfo electoral del 24 de febrero de 1946, asume -el 4 de junio de ese año- la Presidencia de la República. La redistribución del ingreso en favor de la pequeña y mediana industria del país, se convierte en la base de la política mercadointernista que Juan Perón ejecuta. La reforma financiera de 1946, el I.A.P.I. (Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio) que desde entonces funciona como ente autárquico monopolizando el comercio exterior argentino y derivando las ganancias obtenidas de la venta de productos agropecuarios hacia el sector industrial, permiten al Estado dirigista y planificador liderado por Perón actuar sobre el diagnóstico elaborado por el Consejo Nacional de Posguerra respecto de la realidad socioeconómica del país.

La necesidad de transformar "una economía al servicio del capital" en otra dispuesta a colocar el capital al servicio de la economía, para revertir su connotación "colonial", lo llevan a planificar y proclamar la "independencia económica" con la firma consagratoria de un acta en la histórica Casa de la Independencia Argentina, en Tucumán, el 9 de julio de 1947. Lo simbólico del acto envuelve la realidad, los hechos, que conducen a la nacionalización de nuestra economía.

Con la "recuperación económica los ferrocarriles son argentinos. Los teléfonos son argentinos. El gas es del Estado", recuerda El Manual del Peronista y uno de los tantos libros de lectura para primer grado superior aprobados por el Ministerio de Educación de la Nación en 1952. "Los argentinos tenemos, gracias a Perón, el honor de poseer una poderosa Flota Mercante de Ultramar [...] Las comunicaciones favorecen el desarrollo de la cultura, promueven la Economía y el intercambio y contribuyen a la Defensa Nacional. Perón nacionalizó durante el Primer Plan, todas las comunicaciones", informa el Segundo Plan Quinquenal, en su versión para niños cursantes del quinto y sexto grados de la escuela primaria.

El propósito de "dar unidad a la educación del pueblo argentino, formando su conciencia histórica, fijando los objetivos mediatos e inmediatos y exaltando la voluntad ferviente de servir a Dios, a la patria y a la humanidad", como expresa Perón en mayo de 1949, alimenta los mensajes de un discurso cargado de simbolismos que envuelve en un halo mítico varias de las reformas económicas que lleva adelante el Estado nacionalista y popular que él lidera.

La difusión de la "doctrina de independencia económica" se convierte en un objetivo en sí mismo y se insiste desde el ámbito del poder en que "la economía ha de orientarse con un amplio espíritu de justicia distributiva. Enseñando a respetar el capital, como que él es trabajo acumulado, pero enseñando también que él no puede ser nunca factor de opresión y esclavitud nacional o internacional".

La pendular "tercera posición", la redistribución del ingreso, la justicia social, la soberanía política y la independencia económica, como principios que dan sustento a la doctrina peronista, se difunden una y otra vez por diversos medios de comunicación y aprendizaje, para convalidar y - a veces- sobrevaluar realizaciones, para reforzar lealtades y generar consenso, reclamando sacrificios cuando las circunstancias así lo exigen.

Si como el Presidente Juan Perón afirma -con un lenguaje sencillo, directo y que se identifica con el común de la gente- "con orgullo de argentino y de peronista", las realizaciones de su gobierno permiten "levantar sobre sus estructuras el edificio de la realidad política y de la realidad social", cómo no revalorizar la repatriación de la deuda externa, la adquisición por parte del Estado Nacional de los servicios públicos y la redistribución del ingreso a través del crédito en favor de la producción industrial y agraria en el contexto de un dinámico mercado consumidor interno. Es a partir de estos argumentos que Perón se considera el creador de "un sistema de economía social, y de haberlo asegurado como realidad nacional por la independencia económica", base del pleno empleo y de la "justicia social" de la cual se benefician entonces los por él revalorizados "descamisados", a través de un discurso que toma al pasado glorioso de la Nación y sus héroes máximos como referencia.

Las realizaciones acompañan el discurso, la voluntad política; el pueblo se siente protagonista y principal beneficiario de ellas; pero cómo conjugar los hechos y los dichos en el ámbito de este gobierno nacionalista y popular que hace del discurso un instrumento de seducción y de poder. Este es el objetivo esencial de este estudio que intenta confrontar el enfoque discursivo y el estadístico, en relación con tres cuestiones claves del nacionalismo económico peronista: la repatriación de la deuda externa, la nacionalización de los servicios y la distribución del crédito.

2.1- Dichos y hechos acerca de la repatriación de la deuda externa

Para un gobierno de rasgos nacionalistas y populares como el que Juan D. Perón inaugura en 1946, la recuperación de la deuda externa argentina representa una singular y simbólica demostración de poder e independencia en la toma de decisiones. Da consistencia a la "tercera posición" y se constituye en un hecho de alta significación doctrinaria, en un componente valioso para la memoria oficial, como marco referencial al cual adscriben sus experiencias los sectores populares.

El rescate total de nuestra deuda externa se logra en 1952. El Estado peronista destaca entonces que el país deudor de $12.500.000.000 se convertía en acredor por más de $ 5.000.000.000. El tema alimenta el discurso oficial desde tiempo atrás. Forma parte de la independencia económica consagrada en Tucumán el 9 de julio de 1947 y acompaña cada alocución presidencial desde 1946, cuando el Presidente Perón califica a nuestro crédito como "fuerte y sano".

A la luz de la estadística el período 1947-51 indica una tendencia a la baja en las tasa de interés en consonancia con la estabilidad económica, una creciente emisión de títulos de la deuda pública interna que poco atrae el interés del ahorro nacional, y una marcada disminución de la deuda externa que se salda en 1952, con el pago de m$n 12.649.471 perteneciente a las 2 últimas cuotas semestrales del empréstito argentino-británico contenido en el Convenio Roca-Runciman (1933). Se gesta entonces una situación inédita en la historia argentina desde el préstamo Baring Brothers de 1824.

La gran existencia de divisas en el país al finalizar la Guerra Mundial en 1945 y el supéravit de la balanza comercial entre 1946-48 (reiterado en 1953-54) se aplican a la repatriación de la deuda externa, en tanto se expande la deuda interna consolidada y crece el endeudamiento total del país. La primera pasa de m$n 7.653.178.974 en 1946 a m$n 47.017.950.526 en 1955. La deuda total -por su parte- se quintuplica en ese mismo período, pasando de m$n 10.647.260.499 en 1946 a m$n 51.473.793.270 un decenio después. El ritmo de crecimiento del endeudamiento se hace vertiginoso a partir de 1951, cuando deja sentir sus efectos perjudiciales la inflación que desde 1949 -cuando se reforma la Carta Orgánica del Banco Central- acompaña a ritmo cada vez más acelerado a la economía nacional.

El discurso poco informa acerca de estas alternativas y en la memoria colectiva se graba de modo casi indeleble el contenido del discurso oficial que rescata -una y otra vez- la trascendencia de la repatriaciones de la deuda externa, que si bien tiene contundencia real, coloca tras un infranqueable telón el importante incremento del endeudamiento total que vive la Argentina peronista. En medio del cambio de rumbo de la economía nacional, a partir de 1950, el silencio se extiende a temas tales como el acercamiento del país a los Estados Unidos, a través del Eximbank, que en 1950 acuerda a la Argentina un préstamo por 125 millones de dólares destinados a saldar las deudas con los comerciantes norteamericanos. El mutismo sobre los efectos de estas medidas abarca tanto a la ley de inversiones extranjeras de 1953 como a los acuerdos firmados con la California Standard Oil.

Recién en 1955, "en tiempos de crisis universales", el Presidente Juan Perón alude elípticamente a este acercamiento al capital externo, cuando en un breve párrafo del discurso inaugural de las sesiones ordinarias de la Asamblea Legislativa, el 1° de mayo, y en relación con la extracción del petróleo argentino, indica casi como justificación del viraje que "con plena conciencia del significado y de las proyecciones del problema, entendemos que se sirve a los verdaderos intereses del país al posibilitar, dentro de las normas fundamentales de nuestra Constitución, el aporte de recursos adicionales extranjeros".

Como contrapartida y paradójicamente, en la memoria de los argentinos permanece grabado, más allá del cambio operado en la economía por el Estado peronista, un discurso que destacaba hasta un lustro antes un destino de grandeza para el país; aquél que recuerda que "con el dinero argentino de los bancos y con el dinero argentino que nos produjeron los buenos negocios que hicimos con la venta de nuestra producción [...] recuperamos nuestra deuda exterior [...] compramos luego los ferrocarriles, los teléfonos, los puertos, los transportes aéreos y marítimos, los seguros y reaseguros, los servicios de gas, de obras sanitarias, de elevadores de granos, innumerables usinas eléctricas del país".

FUENTE : EL HISTORIADOR

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